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lunes, 19 de mayo de 2014

Manases, un abogado de Jerusalén

- Los discursos de Jesús

Más de una vez lo he escuchado hablar. La palabra estaba presente es sus labios en todo momento. Lo admiré más como hombre que como líder, porque sus sermones no me agradaban. Tal vez no los habré comprendido bien, porque superaban mis pensamientos. Además, yo no necesito ni pretendo que nadie me aconseje.
 
Pero lo que más me había deslumbrado en él eran sus ademanes y su voz, y no los argumentos de sus discursos. Me agradó, más no me convirtió, porque es un ambiguo y lírico y de  mucha reticencia. Por eso no penetró en mis ideas.
 
Conocí a muchos como él, pro no fueron tan constantes en sus principios, ni tan perseverantes y persuasivos en sus trabajos como firmes en sus luchas. Asimismo éstos encantaron a su auditorio, pero no alcanzaron al templo de los espíritus.
 
Lo lamentable es la persecución que le hacen sus feroces enemigos, que piden su muerte. No creo necesaria le eliminación de ese hombre, y esa hostilidad duplicará su fuerza y transmutará su dulzura en un avasallador poder. No es de extraño que con su dialéctica opositora diera ánimos a un hombre que no los poseía, y le creara alas.
 
No conozco a sus enemigos, pero estoy convencido que por miedo a ese hombre, que nunca hizo mal a nadie, le han dado fuerzas para convertirlo en un gran peligro para todos ellos.
 
Khalil Gibran.

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