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martes, 15 de octubre de 2013

Una tierra comienza a ser tuya...

Una tierra comienza a ser tuya cuando tus pasos se posan sobre ella con ternura y la caminas con cariño; cuando sus bosques te hablan, sus ríos te interpelan, sus mares te abrazan... Una tierra comienza a ser tuya, cuando duermes sobre sus hoja caídas y sus firmamentos se clavan en tus retinas; cuando te aseas en sus fuentes y renaces entre sus olas. Una tierra comienza a ser tuya cuando tu sudor la va empapando día tras día y la oración aflora silente en sus alboradas; cuando su lengua se acomoda a tus oídos, tu espalda a sus árboles, tus ojos a sus verdes horizontes. Cierto, no hay patria, pero en algún sendero ha de brotar el poema, bajo algún ancho alero reposar el cuerpo agotado...

Recorro a pie ya por varios días una Galicia que empieza a ser un poco mía, no en el sentido de propiedad, sino en el de sentirte integrado cada vez más en ella. La propiedad no existe, mañana sólo agradecimiento, sólo reverencia. El adjetivo posesivo sobra en nuestros diccionarios aún no actualizados. Somos con cuanto convivimos, pero cuanta maravilla nos rodea no nos pertenece, nosotros le pertenecemos a ella.

Una tierra comienza a ser tuya cuando la danzas en sus lunas y te embruja en sus otoños; cuando no dejas de mirar sus tejados de pizarra e imaginar un invierno tras otro calentándote junto a sus fuegos; cuando de repente te sorprendes con un nuevo tono y ritmo en tus labios; cuando su lengua no te habla, sino te canta y lo hace con eco; cuando su mapa está gastado de tanto mirarlo, roto de tanto abrirlo.

Una tierra comienza a ser tuya, cuando te llueve y no corres; cuando te escupe y no devuelves; cuando una recóndita emoción te embarga antes de penetrar sus castañares tamizados de amarilllo. Descansemos la mochila, anclemos bien la tienda. Hoy somos de esta tierra, mañana de nuevo del viento. Me ha ganado esta Galicia. Su lluvia incesante terminó por refrescar mis días, su sol escondido por calentar mi alma. Los amores suman, nunca restan. Sólo hay una canción de cuna, sólo un origen en medio de todos los trasiegos, pero la nostalgia no es una anciana conmovida que hay que sacar a pasear todas las tardes.

Todas las tierras son nuestras; sólo nos falta saborearlas, sudarlas, soñarlas. Sólo el alto y ardiente ideal de fraternidad humana y cósmica puede alcanzar a colmar nuestros corazones. La patria no existe. A lo sumo, suma de recuerdos y salitres, de nuevos barros y antiguos hórreos. Amo esta tierra que me acoge como otra casa, como otro sagrado hogar que gozosos atravesamos, rumbo a las estrellas.

Koldo Aldai

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