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viernes, 26 de julio de 2013

Cuento: "La oldarpatía"

Cuando la biógrafa Alice Kaplan investigó la infancia de Juan Oldar, nadie pudo darle algún dato anecdótico sobre su vida fuera del ámbito familiar, principalmente porque era un niño muy normal. Pero en casa, su comportamiento fue totalmente distinto, manifestando una creciente obsesión por retribuir todo lo que le brindaban. Esta situación sedujo aún más a la biógrafa.


De las entrevistas que realizó a los parientes del señor Oldar, Alice Kaplan extrajo algunos pasajes de su niñez para el prólogo del libro. He aquí las transcripciones que empleó:
—“El mismo día en el que cumplió siete años, Juanito se pasó toda la noche preparando una tarta igual a la que yo le había hecho. Recuerdo cuando me despertó; tenía sus ojitos llenos de ilusión. Había desaparecido la expresión de agobio que tenía desde que le empezamos a cantar el feliz cumpleaños”.
—“Cuando yo quería un juguete casero, como por ejemplo un castillo de cartón, lo construía para mi hermano. Luego, él me hacía uno mucho mejor”.
—“Nunca voy a olvidar la Navidad del 48. No veía a mi hermana ni a su familia desde inicios de la guerra. Cuando saludé a Juan, le di un gran beso en la frente. El pequeño me dio otro más intenso. Yo me emocioné y le di uno igual, y el me besó dos veces. Yo le di otros dos, y el tres, y así. Fue un saludo interminable, acompañado por una risa generalizada que nos hizo olvidar a los ausentes por unos momentos”.
—“Una semana antes de su décimo primer cumpleaños, Juan nos pidió que, por favor, no le diéramos nada, que le habían dejado muchas tareas en el colegio y que no tenía tiempo para compensarnos los regalos. Además, nos recalcó que no quería que le hiciéramos ningún tipo de celebración. Llegado el día, fue él quien nos sorprendió con una fiesta sorpresa y, además, nos dio un obsequio a cada uno”.


Algunos vecinos, con el ánimo de figurar en el libro, aseguraron que Oldar había sufrido, en la primera etapa de su infancia, un continuo maltrato psicológico por parte de sus padres, con el objetivo de formar un hijo agradecido que les asegurase una vejez confortable. Declaraciones que el doctor Richard Trout, decano de la Universidad de Michigan, tachó de inverosímiles y oportunistas. Según él, Juan Oldar padecía una patología degenerativa que, por ser el primer caso clínico conocido, denominaron ‘oldarpatía’, que consistía en obtener satisfacción al dar y, paralelamente, sentir culpabilidad injustificada al recibir. No obstante, para Juan había motivos, porque incluso le afectaba que las personas de su alrededor invirtieran tiempo en obsequiarle algo.  


En el contenido de la biografía, Alice Kaplan plasmó seis etapas muy diferenciadas en la conducta de Juan. En la primera, sus muestras de afecto buscaban equiparar lo que le daban, como una reacción instintiva de rechazo al dolor a través de retomar el equilibrio. Al entrar en la pubertad, regalaba cuando le tocaba recibir, procurándose únicamente placer. Posteriormente, cuando eso no le fue suficiente, se esmeró en la calidad de los presentes; no por el precio o la complejidad, sino por alcanzar la agudeza necesaria para atinar con el objeto más deseado por el otro. Insatisfecho nuevamente, meditó un largo periodo hasta que se culpó por haber sido un ingenuo, por haberle dado tanta importancia a lo que simplemente era un medio para conseguir algo más sublime; así que pasó de los objetos a las emociones, como la que le brindó a su padre: le hizo creer que unos arqueólogos habían encontrado el arca de Noé, apoyándose en el ejemplar de un periódico que él había mandado a imprimir expresamente. El hombre vivió con esa verdad y el recorte del artículo como fuente de felicidad. Y precisamente esa experiencia le aclaró la diferencia entre un sentimiento efímero y uno vital, duradero. En la quinta etapa, Biblia bajo el brazo, Oldar caminó durante casi una década regalando esperanza.


En el tramo final de su recorrido, las mujeres, poco a poco, fueron captando su interés, hasta despertar en él un deseo incontrolable por poseer un vientre, al igual que ellas, pero su cuerpo, su ahora despreciable cuerpo, era incapaz de dar el regalo más preciado, y el no poder engendrar vida le devolvió la angustia que experimentó en su infancia: el mundo le había dado algo que era incapaz de retribuir.

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