El ángel aún no estaba listo para bajar a la tierra. Sin embargo y mucho antes de lo que hubiera debido, lo hizo.
Inexperto, inseguro, pero con ansias de ayudar, posó sus pies por primera vez en suelo firme. Había escuchado hablar de la soledad, pero no se había quedado el tiempo suficiente para saber su verdadero significado.
¿Sería algo malo? ¿Algo bueno? ¿Una cosa? ¿Un lugar? ¡Eso! Seguro debía ser un lugar, pero si así era ¿Dónde estaba? Lamentó no haberse quedado más tiempo para que otros ángeles le hubiesen enseñado qué significado tenía esa palabra o, al menos, dónde quedaba.
Si no lo había aprendido en el cielo, lo averiguaría en la tierra. De dónde él venía, era difícil darse cuenta realmente de qué podía ser la soledad. Imaginó entonces que era algo meramente humano y por ende sólo entre los seres humanos la podía encontrar. No se equivocó.
Sin embargo, seguía desorientado y sin saber demasiado dónde y cómo empezar su búsqueda. Supuso entonces que observar a las personas sería un buen modo de comenzar, tampoco en eso se equivocó.



